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viernes, enero 16, 2026
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Por qué la Pachamama no es una “costumbre” sino una forma de vida

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Por qué la Pachamama no es una “costumbre” sino una forma de vida

En Tilcara y en toda la Quebrada, decir Pachamama quebrada no es repetir una fórmula. Es reconocer que la relación con la tierra, el agua y el cerro nos sostiene todos los días, no solo en las fechas marcadas. Esta manera de entender el mundo atraviesa la cocina, el trabajo, las fiestas y los silencios. Por eso, más que “costumbre”, hablamos de una forma de vida que nos organiza como comunidad y nos recuerda de dónde venimos.

Cuando agradecemos antes de servir la mesa, cuando pedimos permiso al cerro para empezar una obra, cuando sahumamos la casa o acompañamos la corpachada en agosto, estamos renovando un compromiso. En esta mirada, la Pachamama quebrada no es espectáculo ni curiosidad: es equilibrio, palabra dada y cuidado mutuo. Y en tiempos de apuro y pantallas, sostener estos sentidos es clave para que la comunidad siga siendo comunidad.

Tabla de contenido

Pachamama quebrada en la vida diaria

Decimos “Pachamama quebrada” para nombrar esa presencia constante que nos acompaña. Está en el gesto de mojar la tierra antes de prender el fuego, en la forma de organizar el día según el viento o los nublados, en la decisión de no tirar comida, en el respeto por las acequias. No se trata de un acto aislado, sino de un hilito fino que une pequeñas acciones cotidianas y las convierte en sentido compartido. Si en Tilcara se arma una mesa grande o se arreglo comunitario, primero se agradece. Si se levanta una pared, se pide permiso. Son maneras de hablar con la tierra y con los que ya no están, para seguir caminando juntos.

También hay una ética simple: dar y recibir. Cuando se vuelve de la feria o del cerro, algo se comparte con quien lo necesita. Así se cuida la abundancia para que circule. Esta práctica es silenciosa, pero se nota. Por eso, cuando llega agosto o cuando una familia abre su hoyo, no es solo fiesta: es renovar la promesa de sostener la vida común. La Pachamama quebrada, entonces, es vínculo y responsabilidad.

Detalles y consejos

Hay códigos que ayudan a respetar el sentido profundo y evitar confusiones o gestos fuera de lugar.

  • No convertir la ofrenda en espectáculo ni interrumpir con fotos sin pedir permiso.
  • Evitar plásticos en la mesa y cuidar que todo lo que se entregue sea digno y limpio.
  • Si no se conoce el modo, preguntar a mayores o referentes del barrio antes de improvisar.

La ofrenda como compromiso comunitario

Una ofrenda no se reduce a “enterrar cosas”. Tiene que ver con lo que la comunidad decide sostener: la siembra, el trabajo, la salud de los chicos, los animales, el agua. En cada barrio de Tilcara, la mesa dice quiénes somos. Se comparte chicha, se challa, se marcan los tiempos. Cada familia suma lo suyo, y el conjunto arma el tejido. En esos momentos, la Pachamama quebrada se hace palabra común: lo que se promete delante de la tierra vale para el resto del año.

Hay ofrendas pequeñas, íntimas, y otras más grandes, con comparsas, músicos y vecinos. En todas, el respeto es el mismo. La presencia de los mayores da guía, y los más jóvenes ayudan con el fuego, el sahumado, el orden. Se aprende haciendo, y se aprende escuchando. Esa es la escuela que no está en los libros, pero queda en la memoria del pueblo.

Memoria colectiva y transmisión en las casas y los cerros

La memoria de la Pachamama vive en las cocinas, en los patios, en las peñas, en las laderas que rodean el pueblo. Los abuelos enseñaron sin grito, con paciencia. Mostraron cuándo abrir el hoyo, cuánto dura un silencio, por qué no se apaga el rescoldo con agua. Hoy, muchas mamás y papás siguen ese camino, invitan a los chicos a preparar la mesa, contar qué se agradece y por qué se comparte. En la escuela y en la radio del pueblo también se conversa, con cuidado de no convertir lo sagrado en contenido vacío.

Estas historias no se pierden si se cuentan bien. Por eso, es valioso fortalecer espacios locales de palabra y memoria. Desde Infotilcara, la sección pachamama recoge prácticas y voces de vecinos, para que el registro quede cerca y en manos de la comunidad.

Agosto: tiempo de abrir la tierra y cerrar promesas

El mes de agosto marca un pulso especial en la Quebrada. El frío afloja de a poco, el aire huele a yareta, y vuelve la pregunta de cada año: ¿qué vamos a agradecer?, ¿qué necesitamos fortalecer? Abrir la tierra es también abrir la palabra. En Tilcara, las familias se organizan por días y horarios, se invitan, se acompañan. Se devuelve a la Pachamama lo que ella dio: alimentos, bebidas, hojas de coca, dulces, tabaco, flores. Y se pide cuidando el decir, sin apuro. La Pachamama quebrada, en agosto, nos reúne y nos ordena.

Sobre estos sentidos hay materiales que ayudan a comprender y a respetar. Un recurso claro es esta nota del Ministerio de Cultura de la Nación: La Pachamama: celebración de los pueblos andinos. Leer, conversar y volver a nuestras prácticas cotidianas es un círculo que fortalece la identidad.

Cuidado del agua y la siembra como ritual

En la vida de la Quebrada, el agua es maestra. Las acequias hablan: si están limpias, si se respetan los turnos, si los cauces corren parejo, la comunidad lo siente. Hay quienes realizan pequeñas ofrendas cerca de los ojos de agua, o acompañan la minga de limpieza con un pedido sencillo: que alcance para todos. Esa ética es parte de la Pachamama quebrada: entender que no hay bienestar individual si el cauce se corta para el vecino. Lo mismo vale para la siembra: no se improvisa, se mira el cielo, se conversa con quien sabe, se agradece antes de meter la semilla.

Muchos recuerdan que el cuidado cotidiano es el ritual más importante. Si se promete en agosto, se cumple en septiembre, en octubre y en enero, cuando el sol aprieta y la planta pide agua. El compromiso con la tierra se lee en el día a día.

Palabras que cuidan y silencios que respetan

No todo se explica y no todo se publica. Hay silencios que protegen. En las casas, se cuida el momento de abrir el hoyo, se baja la voz, se escucha el crepitar. Es un tiempo para decir lo justo y necesario. También hay palabras que hacen bien: agradecer, pedir permiso, disculparse si algo se hizo de apuro. La Pachamama quebrada enseña que el respeto no se declama; se practica con gestos chicos y permanentes.

Con las redes y los celulares, el desafío crece. Compartir una foto puede ser lindo, pero si se transforma la ofrenda en vidriera, se pierde sentido. Conviene preguntar y acordar antes de publicar. Lo importante no es el like, sino sostener el vínculo con la tierra y con los vecinos. Ese cuidado es también identidad.

Conclusión

Decir que la Pachamama no es una costumbre, sino una forma de vida, es reconocer que nuestra comunidad respira en esos gestos sencillos que nos ordenan y nos acercan. La Pachamama quebrada nos recuerda que dar y recibir no es comercio; es reciprocidad. Que el agua, la siembra, la mesa y la palabra tienen valor cuando se comparten. Que el respeto se aprende mirando a los mayores y caminando los cerros con paciencia. Cada agosto renovamos promesas, pero el verdadero compromiso se ve en el resto del año: en cómo trabajamos, cómo cuidamos las acequias, cómo tratamos al vecino y cómo criamos a los chicos.

Si seguimos conversando, enseñando y practicando con humildad, esta trama va a seguir firme. No para mostrarnos al mundo, sino para reconocernos entre nosotros. Cuidemos la Pachamama quebrada como cuidamos la casa: con tiempo, con trabajo y con cariño. Así, lo que recibimos de nuestros abuelos llegará entero a las manos de nuestros hijos.

Seguir hablando de estas prácticas, contarlas y transmitirlas también es una forma de cuidar la identidad del pueblo.

Pachamama quebrada

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