El respeto al cerro: una enseñanza que pasa de generación en generación
En Tilcara y en toda la Quebrada, el respeto al cerro no es algo que se aprenda solo en los libros: se vive. Está en la forma de pedir permiso antes de entrar a un lugar, en la forma de agradecer cuando algo sale bien y en la decisión de no hacer ruido cuando el cerro “está hablando” con viento o trueno. El cerro como parte de la vida comunitaria: ahí está el centro, el pulso que ordena, cuida y marca el ritmo de lo que hacemos todos los días. Como se dice y se vive acá, el respeto al cerro en la cultura local no es una consigna, es una forma de convivencia.
Esta enseñanza pasa de generación en generación, en la casa, en la escuela, en las fiestas y en las mingas. Cada familia tiene sus maneras, sus palabras y sus silencios para hablar con el cerro. Y eso no caduca: sigue vigente porque nos recuerda que la tierra da y también pide. Cuando pedimos agua, salud o trabajo, lo hacemos con humildad, sabiendo que no somos dueños, sino parte de un tejido más grande. Por eso, sostener estas prácticas es también cuidar nuestra identidad y nuestra memoria colectiva.
En tiempos de cambios, mantener vivo este hilo es más importante que nunca. No se trata de mirar al pasado como algo congelado, sino de adaptarnos sin perder el centro. El respeto al cerro nos enseña a caminar despacio, a escuchar a los mayores, a cuidar los lugares y a celebrar con sentido. Eso nos ordena como comunidad.
Tabla de contenido
- Lo que llamamos respeto al cerro en la vida diaria
- Pachamama, apachetas y promesas: la palabra dada al cerro
- Fiestas patronales y señaladas que nos ordenan el calendario
- Memoria de los mayores: los dichos, los silencios y las señales
- Cuidado del territorio: agua, pastoreo y minerales con responsabilidad
- Educar a los chicos: escuela, familia y comunidad
- Conclusión
Lo que llamamos respeto al cerro en la vida diaria
Cuando hablamos de respeto al cerro, hablamos de un acuerdo simple: reconocer que el cerro siente y recuerda. Por eso saludamos al subir, llevamos coca, un chorrito de aloja o alcohol, y dejamos algo antes de llevar otra cosa. En los puestos, en los corrales o en las terrazas, se sabe que las cosas tienen su tiempo y que el cerro marca los límites. No es miedo, es cuidado y agradecimiento. Si un camino se cierra con piedras movidas por la lluvia, entendemos que no es para insistir sin más: primero hay que leer las señales.
También es respeto al cerro no gritar por capricho, no ensuciar, no sacar piedras de apachetas, no entrar a un sitio sagrado como si fuera cualquiera. En la Quebrada, el paisaje no es decoración: es pariente. Y como a cualquier pariente, se lo escucha y se lo visita con respeto. Esta manera de estar nos ordena la convivencia y nos enseña a no apurarnos en vano.
Detalles y consejos
Hay códigos que aprendimos mirando y haciendo. Estos son algunos que sirven para no olvidar en la vida diaria:
- Antes de tomar tierra, arcilla o piedra, pedir permiso y dejar una ofrenda pequeña.
- No mover ni “mejorar” una apacheta sin acuerdo de la comunidad o de la familia que la cuida.
- Si el clima “avisa” con viento fuerte o trueno, suspender ruidos, no tentar al cerro y resguardar a los animales.
Pachamama, apachetas y promesas: la palabra dada al cerro
Agosto trae la corpachada y el abrir la boca de la tierra. En muchos hogares se mantiene el pozo donde se agradece por lo recibido y se pide por lo que vendrá. Allí el respeto al cerro se hace palabra, comida, chicha, cigarro. No es espectáculo: es intimidad familiar y barrial. Las apachetas también llevan memoria: cada piedra habla de un paso, de una súplica, de un gracias.
Las promesas al cerro atraviesan generaciones. Alguien pide por la salud de un hijo, por la lluvia justa, por el retorno de quien tuvo que irse. Cuando se cumple, se vuelve a ese mismo lugar, porque el cerro no olvida y uno tampoco. Lo mismo en Carnaval con el mojón bien chayado: la alegría tiene raíz y sentido, porque sin respeto al cerro la fiesta pierde alma.
Fiestas patronales y señaladas que nos ordenan el calendario
Las patronales y las señaladas marcan el año en la Quebrada. San Santiago, la Virgen del Rosario, las vírgenes y santos de cada comunidad convocan a peregrinar, bailar y compartir. Cada capilla asentada al pie del cerro cuenta que la fe y la tierra se caminan juntas. En la señalada, el color en las orejas del ganado no es adorno: es pedir protección y agradecer por la cría que llega.
En estas fechas se renueva el compromiso de cuidar los caminos, las acequias y los sitios de reunión. Se limpia, se arregla, se cocina para muchos. La fiesta nos recuerda que el respeto al cerro no es abstracto: se hace con manos y con organización. Cuando la comunidad se junta, la tierra también descansa mejor.
Memoria de los mayores: los dichos, los silencios y las señales
Los mayores nos enseñaron a mirar el cerro como quien lee un texto antiguo. “Hoy no subas, está pesado”, dicen, y uno entiende que hay señales invisibles para el apurado. De ellos aprendimos a no burlarse del cerro, a no desafiar por orgullo, y a pedir permiso hasta para cortar un yareta seca. Son códigos transmitidos sin gritos, con ejemplos.
Hay dichos que sostienen la memoria: “el cerro se acuerda”, “no hay que sacarle sin darle”, “si prometés, cumplí”. Esa sabiduría evita problemas que después cuestan caro. Porque cuando uno rompe el hilo, la naturaleza lo devuelve en desequilibrios. Tener presente la palabra de los mayores es, en definitiva, sostener el respeto al cerro en lo cotidiano.
Cuidado del territorio: agua, pastoreo y minerales con responsabilidad
El agua es el corazón del cerro. Cuidar vertientes y acequias, respetar turnos de riego y no ensuciar las nacientes es parte del acuerdo comunitario. En el pastoreo, rotar los potreros, no apurar la majada en época de parición y proteger los mallines evita que el cerro se canse. Cuando hay que abrir un nuevo sendero, se conversa con tiempo: no se improvisa con la tierra.
Si se extrae arcilla, piedra o sal, se hace con permiso, midiendo el impacto y devolviendo al lugar en arreglos o reforestación. No es capricho: es responsabilidad. Recordemos que la Quebrada de Humahuaca fue reconocida como Patrimonio Mundial, un orgullo que nos compromete a más cuidado. En casa y en el barrio, pequeñas decisiones sostienen el respeto al cerro y nos evitan dolores de cabeza a futuro.
Educar a los chicos: escuela, familia y comunidad
La transmisión a los chicos es clave. No alcanza con decir: hay que mostrar. Caminar con docentes y comuneros, aprender nombres de cerros, reconocer plantas y huellas, entender por qué se cierra una calle en patronales o por qué en agosto se abre la tierra. Cuando la escuela y la familia se juntan, los chicos sienten que el respeto al cerro no es obligación sino sentido propio.
También sirve integrar coplas, relatos de los abuelos y experiencias barriales en trabajos de aula. Publicar y compartir lo aprendido fortalece el vínculo. En Infotilcara ya hemos contado prácticas que ayudan a este diálogo, como la corpachada de agosto y su historia local; se puede leer más en Pachamama en Tilcara. Lo importante es que cada actividad tenga raíz comunitaria y no convierta la tradición en escenario. Así, paso a paso, el respeto al cerro se vuelve natural en las nuevas generaciones.
Conclusión
El respeto al cerro es un acuerdo vivo que nos ordena como pueblo. No es nostalgia ni moda: es una práctica que cuida el agua, las semillas, los animales y las personas. Cuando pedimos permiso, cuando agradecemos, cuando cumplimos lo prometido, estamos reforzando un tejido que nos sostiene en los buenos y en los malos tiempos. Si el paisaje es pariente, entonces la comunidad crece con raíces hondas. De eso se trata: de sostener lo que nos hace quienes somos, con alegría, con trabajo compartido y con memoria abierta. Sigamos hablando en familia, en la escuela y en las asambleas barriales; sigamos enseñando a los chicos que el respeto al cerro no se negocia. Allí está la clave para preservar nuestra identidad y para que las fiestas, los rituales y la vida cotidiana sigan teniendo sentido en Tilcara y en toda la Quebrada.
Seguir hablando de estas prácticas, contarlas y transmitirlas también es una forma de cuidar la identidad del pueblo.





