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jueves, febrero 26, 2026
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Qué significa realmente el desentierro del carnaval en la Quebrada

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Qué significa realmente el desentierro del carnaval en la Quebrada

Hablar del desentierro del carnaval es hablar de cómo nos reconocemos entre vecinos, familias y comparsas. En la Quebrada, este momento no se reduce a un comienzo de fiesta: es un gesto que abre un tiempo distinto, donde la comunidad renueva su pacto con la tierra y con la memoria. Por eso, cuando escuchamos la frase desentierro carnaval quebrada, no pensamos en un espectáculo, sino en un ritual que nos convoca a todos, con nuestras historias y nuestras responsabilidades.

Lo que vive cada mojón, cada comparsa y cada familia tiene matices propios. Pero hay una base compartida: el permiso a la Pachamama, la alegría que aflora con cuidado, la reciprocidad entre quienes organizan y quienes acompañan. En Tilcara y en toda la Quebrada, aprendimos de chicos que el desentierro se prepara con tiempo y que se sostiene en silencios, cantos, comidas, promesas y abrazos. Ese tejido es la garantía de que la costumbre siga viva.

Hoy seguimos haciéndolo porque la fiesta nos ordena el calendario afectivo: ubica a nuestros mayores, a nuestros padrinos de comparsa, a los músicos, a los que cocinan y a quienes se acercan a ayudar. Y, sobre todo, nos recuerda que la alegría no se improvisa: se trabaja entre todos, como cualquier tarea comunitaria.

Tabla de contenido

Origen comunitario y sentido profundo del desentierro

En nuestra zona, el desentierro es la señal para abrir la compuerta de la alegría, pero también la puerta a una responsabilidad compartida. El gesto de levantar al diablo del carnaval desde el mojón, con harina, serpentinas, ramilletes y chicha, tiene una raíz en la reciprocidad con la tierra. No es capricho: es volver a pedir permiso para celebrar, para cantar coplas, para tocar caja, erke y quena, y para que la comparsa salga con fuerza. Por eso se suele decir que “si no hay permiso, no hay fiesta”.

Cuando se nombra al diablo no se habla de maldad, sino de la chispa traviesa que anima el baile y el encuentro. Es una figura que nos hace reír y juntarnos, que nos recuerda que en carnaval el mundo se da vuelta un ratito para volver a ordenarse mejor. Cada familia, cada institución barrial o comparsa adapta el rito con sus modos: algunos guardan la máscara, otros la banderita o el estandarte, y todos cuidan el mojón como si fuera una memoria viva.

Detalles y consejos

Hay códigos sencillos que cuidan el sentido y la convivencia:

  • Acercarse al mojón con respeto: primero saludar, luego celebrar.
  • Evitar empujones y gritos en el momento del permiso; el ruido viene después.
  • Recordar que cada comparsa tiene su forma: si no se conoce, conviene mirar y aprender.

El mojón: lugar de memoria y promesa

El mojón es un punto de encuentro que guarda historias. Puede estar en el patio de una casa, en la ladera de un cerro o en la sede de la comparsa. Allí se dejan ofrendas: hojas de coca, mistela, aloja, cigarros, flores, papel picado. Es un pequeño altar que condensa promesas, agradecimientos y pedidos. Cada año suma capas de memoria: nombres de quienes ya no están, fotos, listones, coplas escritas en papelitos.

Más que un “objeto”, el mojón es una relación. Cuando lo cuidamos, nos cuidamos entre nosotros. Si una comparsa perdió un viejo estandarte, o si una familia recuperó la receta de la chicha de la abuela, el mojón es el lugar donde esas cosas encuentran sentido. Allí se ata la decisión de salir, de compartir la cosecha, de poner el hombro para cocinar una olla grande y de convidar a los músicos que llegan con sus aerófonos y percusiones.

Roles en la comparsa y compromisos familiares

Nadie hace el desentierro solo. Hay caporales, músicos, bombistas, copleras, cocineras, banderilleros, y quienes están atentos a la logística: agua, vasos, limpieza, primeros auxilios. También están las familias que acompañan, que prestan el patio, que donan harina, que arman el toldo para el sol. Es una organización que se hereda y se aprende, con paciencia y con humor.

La comparsa no es un club de moda. Es una trama afectiva que se sostiene todo el año: rifas, ensayos, compras de telas, reparación de instrumentos, visitas a los mayores. Por eso, cuando llega el desentierro, ya hay un suelo de confianza listo. En ese clima, la expresión desentierro carnaval quebrada cobra cuerpo real: somos nosotros, con nuestros tiempos, nuestros silencios, nuestras risas y nuestras pequeñas discusiones que también enseñan a mejorar.

Tiempo, calendario y preparativos: del silencio a la explosión

El calendario no se marca solo por días fijos, sino por señales. Antes del desentierro se limpia el mojón, se consigue harina y serpentinas, se prepara comida y bebida, se organiza el recorrido. Algunos se juntan a afinar sikus y charangos; otros, a repasar coplas. Hay un tiempo de silencio breve, casi como una concentración, y luego la explosión del primer grito, el primer bombo, el primer puñado de harina al aire.

La preparación es tan importante como la salida. Quien pasó por un desentierro bien hecho lo sabe: si hay orden atrás del escenario, la fiesta fluye en la calle. De ese modo, el desentierro carnaval quebrada no se vuelve una carrera por ver quién hace más ruido, sino una suma de pasos cuidados que permiten que chicos, jóvenes y mayores estén a gusto y seguros. También conviene coordinar con el barrio para que el tránsito y la limpieza acompañen la jornada.

Por qué el desentierro carnaval quebrada es un rito de comunidad

La frase desentierro carnaval quebrada resume una manera de estar juntos. No apunta a un “evento”, sino a un rito que activa la reciprocidad. En el permiso a la Pachamama se pone en juego la ética del dar y recibir: lo que compartimos vuelve multiplicado en amistad, en música, en ganas de trabajar por la comparsa. Por eso, cada gesto tiene peso y dirección: invitar, agradecer, ordenar, reparar, despedir.

También es una escuela. Las nuevas generaciones aprenden mirando y haciendo. Descubren que la alegría no es desorden, que el exceso no suma, que la música es conversación, que la harina es símbolo y no excusa. Y entienden que el diablo del carnaval se ríe con nosotros, no de nosotros. De esa forma, el desentierro carnaval quebrada se mantiene vivo, sin perder su alma.

Cuidar la fiesta: respeto, música, comida y territorio

Cuidar la fiesta es cuidar el territorio y a la gente. Respetar los mojones, no pisotear apachetas, no dejar basura, hidratarse, alternar baile con descanso, acompañar a quien se mareó, preguntar antes de tocar un estandarte. La música también se cuida: se escucha a los músicos, se hace silencio cuando hay saludo o copla dirigida, se deja espacio para que el bombo marque el paso. La comida convoca: una olla bien servida es abrigo colectivo.

Además, hace bien recordar que cada barrio y cada comunidad tienen su manera. Si una comparsa decide desenterrar temprano, o si otra prefiere hacerlo al atardecer, todo tiene un porqué. Compartir esas razones fortalece. Para profundizar en historias, normativas y resguardos culturales, se pueden consultar materiales de la Secretaría de Cultura de Jujuy. Y sobre prácticas locales, en la sección Cultura de Infotilcara hay notas que ayudan a seguir pensando juntos.

Detalles y consejos

Pequeños gestos que hacen diferencia:

  • Cuidar a la niñez y a los mayores con sombra, agua y atención.
  • Evitar el exceso de harina en los ojos; mejor tirar hacia arriba.
  • Si alguien dirige el permiso, esperar su señal antes del primer bombo.

Conclusión

El desentierro del carnaval en la Quebrada nos recuerda que la identidad se construye haciendo, acompañando y agradeciendo. Cuando decimos desentierro carnaval quebrada decimos una forma de organizar el tiempo, de honrar a la tierra y de cuidarnos entre vecinos. No es un espectáculo para ver desde afuera: es un compromiso que se renueva en cada mojón y en cada comparsa. Sostener esta práctica exige trabajo silencioso antes y después de la fiesta: limpiar, ordenar, cocinar, cantar, escuchar, pedir y dar permiso. También requiere memoria: nombrar a quienes abrieron camino, enseñar a los chicos cómo se pide, cómo se canta, cuándo se hace silencio. Si mantenemos ese espíritu, el rito seguirá vivo sin perder su raíz. Cuidemos el sentido, respetemos los códigos, rescatemos lo aprendido y sigamos abriendo espacio para que la alegría sea de todos los barrios. En esa trama, la comunidad crece y se reconoce, y el carnaval vuelve, año a año, a recordarnos quiénes somos.

Seguir hablando de estas prácticas, contarlas y transmitirlas también es una forma de cuidar la identidad del pueblo.

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