¿Por qué el carnaval se vive distinto en Tilcara que en otros pueblos?
Hablar del carnaval Tilcara es hablar de nuestra manera de estar juntos. No se trata solo de una fiesta, sino de un tiempo del año donde la memoria, la tierra y los vínculos toman el centro. Lo sentimos en el cuerpo: en los cantos que vienen de los abuelos, en los encuentros que se repiten, en los silencios de la apacheta y en esos gestos que sabemos de chicos. Por eso, cuando alguien pregunta por qué aquí se vive distinto, la respuesta nace de adentro: porque nos atraviesa como comunidad.
En Tilcara, el carnaval es una trama de historias compartidas, de comparsas que se arman con meses de anticipo, de cocinas que se prenden desde temprano, de familias que se organizan por barrios y parajes. Es una práctica viva, que cambia con los tiempos pero mantiene el sentido. Y ese sentido se cuida entre todos, con respeto a la Pachamama, a los mayores y a los códigos del pueblo. Mantener viva esa forma de celebrar no es nostalgia, es identidad en presente.
Hoy tiene valor repasar qué lo hace propio: no para compararse con otros, sino para reconocernos. El carnaval Tilcara no es postal ni vitrina; es pertenencia, trabajo colectivo y fe en lo que nos legaron.
Tabla de contenido
- Memoria y sentido del carnaval Tilcara
- La comunidad como escenario y protagonista
- Rituales: desentierro, comparsas y apachetas
- Música, cajas, erques y el pulso de los cerros
- Trabajo colectivo: organización, cocina y respeto
- Cuidado del territorio y de las formas
- Conclusión
Memoria y sentido del carnaval Tilcara
El corazón del carnaval Tilcara está en la memoria viva de la comunidad. Cada comparsa, cada copla y cada ritual tienen una historia que viene de los mayores, transmitida en rondas, reuniones y caminatas al cerro. No es un evento que “empieza y termina” en una fecha fija: lleva preparación, promesas, pedidas y agradecimientos. Por eso, para nosotros, el carnaval no es solo diversión; es también compromiso con lo que fuimos y con lo que queremos seguir siendo.
La identidad local se sostiene en gestos sencillos que todos reconocemos: llevar hojas de coca para compartir, saludar al llegar a la apacheta, saber cuándo hablar y cuándo callar. Esos códigos, aunque no estén escritos, ordenan la celebración. No se trata de cerrar puertas, sino de cuidar el modo en que hacemos las cosas. Ahí está el porqué de la diferencia: el sentido no se compra ni se copia, se vive en comunidad.
Detalles y consejos
Para quienes participan del carnaval Tilcara desde adentro, hay prácticas que sostienen el respeto y la armonía:
- Llegar temprano a los encuentros y ofrecer una mano antes de pedir lugar en la ronda.
- En la apacheta, acercarse con calma, agradecer y no dejar residuos ni elementos que no sean propios del ritual.
- Escuchar a los mayores cuando cuentan cómo se hacía antes; ahí se aprende el porqué de cada gesto.
La comunidad como escenario y protagonista
En Tilcara, la fiesta se arma en casas, calles y patios conocidos, no en escenarios ajenos. Las comparsas nacen de los barrios, de familias y amistades que se tejen hace años. Hay quienes cosen banderines, quienes afinan bombos, quienes organizan la caja de ahorro para comprar lo necesario. Esa cadena de manos es la que le da carácter local: todos hacemos algo y todos lo sentimos propio.
Otra diferencia importante es que el protagonismo no está en un “show”, sino en la convivencia. Los momentos más profundos no siempre son los más ruidosos: un abrazo en la salida del desentierro, una ronda de coplas al anochecer, un silencio compartido cuando el cerro pide respiro. Así, el carnaval Tilcara nos recuerda que la cultura es cotidiana y que lo que vale se construye en red.
Rituales: desentierro, comparsas y apachetas
El desentierro no es un trámite ni una foto; es un acto de abrir el tiempo del permiso. En Tilcara, cada comparsa resguarda su lugar y su manera, y eso merece respeto. Se pide a la Pachamama, se comparte chicha o aloja, se queman hierbas y se canta. No es casualidad: son señales que ordenan el sentido de la fiesta, que habilitan el juego y, a la vez, nos recuerdan de dónde viene la alegría.
Las apachetas no son “atractivos”, son espacios sagrados. Allí, la comunidad dialoga con la tierra y con los que ya no están. Ese diálogo es el que diferencia nuestro carnaval del de otros pueblos: lo sagrado y lo comunitario caminan juntos. Cuidarlo es parte del compromiso que asumimos cada año.
Música, cajas, erques y el pulso de los cerros
La música del carnaval Tilcara no es homogénea: conviven cajas, bombos, erques, erkenchos y guitarras. No todos los sonidos van en cualquier momento, y aprenderlo lleva tiempo y escucha. La caja acompaña la copla y el sentido; el erque tiene su pulso propio y pide aire, distancia, escucha colectiva. Es una manera de tocar que se aprende mirando a los mayores y a los cerros.
También están las canciones que vuelven cada año, con letras que dicen quiénes somos. No se entonan para lucirse, sino para sostener la ronda y el encuentro. Cuando se entiende eso, se comprende por qué el carnaval Tilcara no se mide por decibeles ni por duración, sino por cómo late en conjunto.
Trabajo colectivo: organización, cocina y respeto
La cocina es otro escenario del carnaval. Desde temprano, ollas grandes, panes caseros, guisos y chanfaina. Cada mano suma: quien pica, quien revuelve, quien acerca leña. El alimento no es un “servicio”, es parte del rito de compartir, de que nadie quede afuera. Ese modo de hacer dice mucho de nuestra cultura: se come y se conversa, se recuerda y se proyecta.
En la organización, se toma nota del año anterior: qué funcionó, qué hay que ajustar, quiénes pueden asumir tareas. El respeto no es una palabra suelta; se ve en cómo tratamos a los más chicos, a los mayores, a los que llegan cansados. Así se entiende por qué acá la fiesta se cuida: porque es el espacio donde aprendemos a ser comunidad.
Cuidado del territorio y de las formas
La Quebrada de Humahuaca es Patrimonio Mundial, y eso nos hace redoblar el compromiso. No solo por el reconocimiento, sino por lo que significa vivir en un territorio que nos trasciende. Cuidar senderos, no dejar basura, respetar los lugares de ritual y los tiempos del cerro es parte del mismo carnaval Tilcara. La alegría y el cuidado no se contraponen: se necesitan.
También cuidamos las formas: el modo de hablar en la ronda, de pedir lugar, de agradecer. No son reglas rígidas, son acuerdos que preservan el sentido. Para marcar el horizonte, vale recordar que organismos como UNESCO reconocen el valor cultural de nuestra región, pero el cuidado cotidiano lo hacemos nosotros, en cada gesto.
Detalles y consejos
Pequeñas prácticas que suman y ordenan la celebración:
- Priorizar envases reutilizables y bolsas de tela; cada residuo que no sube al cerro, no baja a la quebrada.
- Si se desconoce un rito, preguntar antes de actuar; mejor aprender que improvisar.
- Evitar equipos de sonido invasivos en momentos rituales; la música tiene su tiempo y su lugar.
Conclusión
Si tuviéramos que resumir por qué el carnaval se vive distinto en nuestro pueblo, diríamos que es porque el carnaval Tilcara es, ante todo, una forma de cuidarnos. Cuidar la memoria, el territorio, las formas y las personas. No buscamos compararnos con nadie; buscamos reconocernos en una práctica que nos hizo y que seguimos haciendo entre todos. Cada año, el desentierro renueva un pacto: el de agradecer, compartir y sostener la identidad en comunidad. Por eso defendemos los ritmos propios, los silencios necesarios, las rondas sin apuro, el trabajo de las comparsas y la palabra de los mayores. Es una tarea de todos los días, que no termina cuando se entierra el diablo, sino que continúa en la vida cotidiana. Comprenderlo nos ayudar a transmitirlo a las nuevas generaciones con alegría y responsabilidad, para que lo que recibimos siga vivo y con sentido.
Seguir hablando de estas prácticas, contarlas y transmitirlas también es una forma de cuidar la identidad del pueblo.



