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lunes, febrero 26, 2024
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Histórica dirigente agraria de la Quebrada de Humahuaca se niega a pensar que la Argentina sea “un país de mierda”

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Allí, donde la ruta nacional 9 empieza a caracolear en una fuerte subida hacia la Quebrada de Humahuaca, unos pocos kilómetros antes de la localidad de Volcán, está la llamada “cuesta de Bárcena”. Y allí cerca nomás, cuando la trepada termina, está el acceso a la hermosa finca de Ana Bárcena. Entre los cerros.

Uno inevitablemente asocia ambas cosas, porque las dos se llaman igual. El paraje donde estamos y la persona que tenemos delante, una mujer ya mayor de edad, pero que sigue desparramando una energía envidiable. Pero a pesar de que lleva el mismo apellido que la cuesta, lo cual da cuenta de que proviene de una vieja familia terrateniente de este región, Ana ha sido siempre una oveja negra: no hay causa ni lucha vinculada con los pequeños productores que no la conmueva y la tenga metida en medio, organizando a los campesinos, enseñándoles a defenderse.

Primera lección: uno es lo que es por lo que piensa y hace, no por lo que tiene.

A Ana Bárcena la conocimos en la década de los 90, cuando la feroz desregulación implementada por Carlos Menem y Domingo Cavallo, en un modelo de convertibilidad sin retenciones pero con un visible atraso cambiario, implicaba la desaparición del pequeño sujeto agropecuario y la concentración en la actividad. Ella por entonces era la referente en el NOA de la Federación Agraria Argentina y en aquella ocasión organizaba los micros que partían desde aquella zona para participar en Buenos Aires de la Marcha Federal Agropecuaria, que confluiría en Buenos Aires.

-¿De donde viene la historia de los Bárcena?

–Y viene de mi tatarabuelo. Llega aquí en 1780 más o menos por ahí. El viejito Bárcena parece que venía con oro. Salió de Chile, y esta finca que era inmensa estaba en venta. Nosotros tenemos los títulos, es decir que la compró el viejo. Pero después el viejito se avivó y se casó además con una de las descendientes de los españoles que habían fundado Jujuy. Era un viejo medio pillo y tenía alma de terrateniente. Así que la finca era inmensa. Después, bueno, empezó lo de toda la vida, a dividirse y a dividirse…

-Es lo que dicen muchos, que la reforma agraria en la Argentina se hizo en la cama…

–En este caso fue así, se empezó a dividir porque habían un montón de familias que se casaban con los diferentes Bárcena. Y se ha ido dividiendo.

Segunda lección: No siempre por portar apellidos ilustres los actuales productores agropecuarios tienen el mismo poderío económico y político que sus antepasados.

Luego de un par de siglos, en este derrotero, los siete hermanos Bárcena de la camada a la que pertenece Ana recibieron solo una pequeña fracción de lo que había sido el dominio de su tatarabuelo. “Nos quedaron siete lonjas que son más o menos 800 hectáreas. Con esa superficie, en la Federación Agraria me decían que yo era una terrateniente. Yo les contestaba que el problema mío era que mi finca era vertical. ¿Cómo vertical? Claro, porque llegó 40 hectáreas de terreno plano y después todo es montaña”.

Esta situación topográfica finalmente condiciona todas las actividades productivas que puede planificar Ana en su establecimiento. La ganadería de cría se hace -literalmente- muy cuesta arriba. Y por eso hace muchos años ella decidió meterse además de lleno en una actividad infrecuente en toda la Quebrada, que es la producción de leche.

-¿Cuándo te agarró el ataque de producir leche? ¿En los años 90?

-Sí. No había lechería y todo eso, pero pensaba que era más sencilla la cosa.

Cuando murió su padre, Ana comenzó a reconvertir la ganadería tradicional en el establecimiento hacia un tambo, donde la alimentación de las vacas se basa en praderas de alfalfa. Aprendió mucho con ensayo, acierto y error. Por ejemplo que sus tierras eran demasiado arcillosas y poco amables para ese cultivo, que se lleva mejor con suelos arenosos que drenen bien. A pesar de todo, la cosa prosperó. Y hoy se pueden ver las vacas lecheras en torno a la casa familiar.

Tercera lección: Una mujer perfectamente puede estar al frente de una explotación agropecuaria. Lo hizo su madre primero y después ella.

-Quedó acotada la lechería, pero seguís…

-Sigo. Y soy la productora de leche de la Quebrada. Vendo hasta Tilcara. Antes vendía más porque tenía más, pero en la época del menemismo perdí muchos animales que daban realmente mucha leche. Perdí mucho porque no pude volver a comprar, porque después la leche ya no costaba nada. Yo iba hasta  Humahuaca a repartir leche tres veces por semana, pero al fin terminé desde Tilcara para aquí.

-¿Y vendés la leche fluida?

-No, hago de todo acá mismo. Ahorita hago el queso, el quesillo, la ricota… Y hago lo que se dice la cuajada para las quesilleras, la gente que no tiene leche, que no tiene vacas, pero que trabaja y sabe hacer el quesillo.

Es muy frecuente cuando uno visita Jujuy y sube a la Quebrada de Humahuaca encontrarse justamente, a la altura de la cuesta de Bárcena, con una serie de puestos donde estas mujeres que ofrecen quesillos a los turistas. Ahora sabemos de dónde sale la leche cuajada que usan como materia prima.

Cuarta lección: Cuando se dispone finalmente de poca superficie, la única posibilidad de supervivencia de las explotaciones agropecuarias es producir de modo más intensivo y darle mayor valor agregado a la materia prima.

“Eso es lo que tenemos que hacer: agregar valor a como sea”, dirá Ana.

-¿Producís solo la leche?

-Ahora yo me dedico a otra cosa, que se yo. Hago sidra. Tengo una quinta porque acá se da muy bien la manzana, entonces hemos empezado a juntar gente, hemos hecho cursos, hemos aprendido a hacer sidra, entonces se hace una sidra muy artesanal. Y también hacemos el vinagre de manzana que se puesto de moda ahora por la cuestión de que baja el colesterol. Siempre en grupo, haciendo pequeñas cooperativas, por lo menos en este caso. Tengo mi quinta de manzana y además le compramos a los otros productores la manzana a un precio bueno.

La sidra se vende localmente, también a los turistas, con la marca Los Volcanes. Pero Ana aclara que entre ellos le dicen “vinagre de chicha, porque la chicha es la bebida típica digamos desde los  inca para abajo, porque en Perú todo se toma la chicha, que es un fermento que se hace de maíz. La sidra también es un fermento, pero de la manzana”.

Quinta lección: Siempre conviene emprender en grupo, crear asociaciones o cooperativas para compartir costos e ingresos, riesgos y alegrías.

Mirá la entrevista completa con Ana Bárcena:

Volcán es la puerta de entrada a la quebrada, luego de subir la cuesta de Bárcena, que hace rato dejó de ser de los Bárcena. La gente suele creer que se llama así por la columna de polvo blanco que sobrevuela la calera local, que últimamente está muy demandada por las empresas que exportan el Litio y por eso tiene trabajo para todo el que quiera trabajar. Pero Volcán se llama Volcán porque cuando los ríos bajan en verano, cargados de tierra y barro, meten miedo y hacen mucho ruido. “Los gallegos creyeron que era lava”, bromea Ana.

La agricultura, sin embargo, sigue siendo fuente de ingreso para muchas familias de pequeños productores, que son los que preocupan a Bárcena. “La mayoría tiene muy buena verdura”, dice orgullosa la dirigente. “Tiene la zona muy buena verdura y le saca un precio que le permite vivir. Vivir, nada más que eso”, insiste.

-Quiero llegar a la Ana que es dirígete agraria. La que se compromete y se mete en todos los quilombos en nombre de esos pequeños productores. ¿Por qué lo haces?

-Vaya a saber. Yo creo que viene de familia porque mi viejo ha sido politiquero terrible. Pero te vas a reír. Nos ha enseñado muchas cosas, pero mi viejo era del Partido Demócrata, que en realidad se llamaba así pero eran los conservadores de la época Vos te Imaginas un conserva de allá, el tipo de la nariz parada, pero nada que ver. Mi viejo era muy de acá y andaba todo el día con la gente. Nos ha llevado de aquí para allá. Andábamos a caballo desde muy chiquitos porque él salía a hacer política por medio de la montaña, en el cerro a ver a la gente. Y todos lo recibían.

-¿Cómo se llamaba tu viejo?

-Carlos Alberto Bárcena, que ha sido diputado a los 17 años y le han tenido que hacer una ley especial porque era menor de edad.

-Un diputado con permiso de sus padres.

-(Risas) Por él teníamos el bichito del politiquero siempre. Bueno, yo después me he ido. Estudié Antropología Social en La Plata. Me ha durado poco porque llegó el golpe de Onganía y enseguida me han cerrado la facultad al año que había empezado, porque pensaban que las materias sociales eran el nido de los comunistas. Pero de ahí se me abrió bastante la cabeza, porque yo era bastante antiperonista, gorilona de los de antes. Cuando los chicos en La Plata se han dado cuenta, me hacían rueda y me cantaban la marcha. Después nos reíamos. Pero se te abre el mate cuando vas a la universidad.

Sexta lección: No importa lo qué se piensa, cómo se piense, pero nunca, ni en los contextos más difíciles, hay que dejar de participar. El miedo paraliza y estar quieto nunca es bueno, cualquiera sea tu forma de pensar.

-Pero finalmente el sentido era el mismo que el de tu viejo, tratar de integrar a la gente y que mejore.

-Totalmente, y más en esta zona. Porque yo después me dedicaba -en una época que no se podía hacer política- a hace centros vecinales, a organizar cosas con el cura de la zona. Me acuerdo que él iba a las iglesias y yo iba a ese centro vecinal, y organizaba. Por la puna, por todos lados, La gente estaba asustada después del golpe militar, no quería ni mirarse de reojo porque había miedo. Acá desapareció mucha gente. Tumbaya, que es un pueblito de este tamaño, tiene 7 desaparecidos y no tenía ni 100 habitantes.

-Con lo cual, volviendo de la dictadura, decidiste que había que sembrar la semillita nuevamente, para que se organicen.

–Había que organizarse y más cuando sos chico. Y además había que aplicar el valor agregado. La gente ha empezado a hacer sus cosas, los dulce, la jalea…

-Los políticos se llenan la boca con el valor agregado.

-Claro, claro. Pero es lo que hay y yo veo que es lo que nos permite mantener algunas cosas. Vos vas a una finca que pone soja, que tiene miles de hectáreas en el Chaco salteño, y no vas a encontrar un tractor, ni un clavo en la finca. Hay un tipo que está ahí, cuidando no sé qué, porque todo lo hacen los equipos que alquilan. Vienen, aran, siembran, entra una plaga y viene el avión. No tienen gente, no ves gente. Yo aquí tengo siete personas que me tengo que bailar la chacarera para poderle pagar.

Séptima lección: Quizás el productor más grande logre ser mucho más eficiente y genere gran cantidad de divisas, pero la mayor parte de lademanda de trabajo en el sector rural proviene de emprendimientos de menos escala y de las economías regionales.

-¿Te gustaría que este modelo se replique en todas las zonas?

-Yo soy una convencida de que necesitamos que trabaje todo el mundo. Si no hay laburo, la gente termina viviendo en Buenos Aires. Ahora estamos todos preocupados por la situación como se plantea. Me preguntan, ¿qué vamos a hacer? Yo les digo que nosotros de hambre no nos vamos a morir, porque tenemos chanchos, tenemos gallinas, tenemos huevos, tenemos verdura.

-¿Y si un día sienten hambre?

-Carneamos una vaca y a la mierda. Y si no alcanza, abrimos y nos chupamos una sidra y nos olvidamos.

-¿El país te duele?

-Un montón, un montón. Me parece terrible que un país como este… Aunque muchos digan que es un país de mierda, para mí un país único y que tiene de todo. Pero bueno, la cuestión es justamente que nadie piensa en el otro. Todo es yo, yo y nadie más que yo. ¿Por qué sería un país de mierda? Así son nomás los que manejan la política.

Fuente: Jujuyaldia

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