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miércoles, febrero 11, 2026
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La vocación frente a la desidia: Brenda Córdoba, el rostro joven del rescate animal en Jujuy

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En una Argentina donde la agenda pública suele quedar capturada por la urgencia de la macroeconomía o las disputas de poder en el AMBA, las historias que laten en el interior profundo —allí donde el federalismo se palpa en la carencia y el esfuerzo— nos devuelven una mirada necesaria sobre el tejido social. El caso de Brenda Córdoba, una joven de 16 años oriunda de Jujuy, no es solo una crónica de activismo individual, sino un síntoma de una sensibilidad que interpela la desidia estatal y colectiva.

Desde los cinco años, Brenda ha hecho de los basurales y las calles de los barrios jujeños su centro de operaciones. Mientras la estadística sociológica suele encasillar a la Generación Z en el consumo digital o la cultura del ocio nocturno, ella rompe el molde: ha rescatado más de 100 vidas. No se trata de un pasatiempo; es, en sus propias palabras, una vocación heredada de su madre, una transferencia de valores que resiste el avance del individualismo.


La imagen es elocuente: Brenda rodeada de una jauría que no conoce de razas ni linajes, sino de la gratitud del sobreviviente. Estos animales, que para muchos son parte del paisaje de la exclusión en los márgenes de la provincia, encuentran en ella una red de contención que el Estado, muchas veces, no logra garantizar. «No me nace ir a boliches, me nace ayudar a los animalitos», afirma con una contundencia que deja poco margen para el debate generacional.


Analizar este fenómeno requiere entender la realidad del Norte Grande. Jujuy, con su geografía imponente, convive con problemáticas estructurales de salud pública y bienestar animal que recaen sobre los hombros de voluntarios. Brenda representa ese compromiso civil que suple ausencias. Su labor en zonas críticas, como los basurales donde el abandono se vuelve crónico, es un acto de resistencia ética.


En definitiva, la historia de Brenda Córdoba nos obliga a preguntarnos qué estamos haciendo como sociedad con aquello que decidimos no ver. Su ejemplo no pide aplausos, sino conciencia. Es, quizás, el recordatorio de que la política —en su sentido más humano— empieza por el cuidado del otro, incluso cuando ese «otro» no tiene voz.

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