En un país que muchas veces parece agotarse en la mirada centralista del puerto, poner el foco en el Norte Grande —y particularmente en la Quebrada— no es solo un ejercicio de federalismo, sino de rigor histórico y social.


Analizando el material de La Sonora Imbatible y su interpretación de «Pateando Latas», nos encontramos con una pieza que, si bien tiene raíces en la cumbia amazónica de Jorge Chávez Malaver, adquiere en el escenario de Humahuaca una dimensión política y antropológica distinta. Aquí, el «patear latas» deja de ser solo un estribillo rítmico para convertirse en la metáfora de una juventud que, a pesar de las asimetrías estructurales, decide habitar y celebrar su territorio.


Entre el Arraigo y la Resistencia Cultural
La elección de Humahuaca como set no es cosmética. Es una declaración de principios. En un contexto donde la migración interna hacia los cordones bonaerenses suele ser la única salida percibida para la subsistencia, ver a jóvenes músicos apropiándose del espacio público —la plaza, las escalinatas del Monumento a la Independencia, el empedrado histórico— sugiere una resistencia desde el goce.
La letra, sencilla pero directa, remite a la cotidianidad del que «anda por ahí», pero en la lente de este video, se transforma. Hay una estética que no reniega de la modernidad (la producción audiovisual urbana) pero que se funde con los colores del cerro. Es, en términos sociológicos, una síntesis de la identidad jujeña contemporánea: el respeto por el legado (como vimos en las noticias de Tilcara y Maimará sobre el teñido natural y la Pachamama) conviviendo con la expresión popular de la cumbia.


«Hay una Argentina que no sale en los gráficos de la City porteña, pero que late con una fuerza que el centro muchas veces ignora. Mientras la macroeconomía discute variables abstractas, en el corazón de la Quebrada de Humahuaca, la juventud ensaya su propia respuesta al desencanto.
Lo que estamos por ver no es simplemente un videoclip de La Sonora Imbatible. Es un fresco social. En ‘Pateando Latas’, la imagen nos devuelve algo que la política suele manosear y pocas veces comprende: la esperanza situada. No es la esperanza del que espera una dádiva, sino la del joven norteño que, con el instrumento al hombro y el cerro como testigo, decide que su lugar en el mundo no es una escala hacia otro lado, sino el centro de su propio universo.
Entre el polvo de las calles de Jujuy y el eco de una tradición que se niega a ser pieza de museo, estos músicos nos recuerdan que la alegría, en el interior profundo, es un acto de dignidad. Los invito a observar, más allá del ritmo, la mirada de un norte que no pide permiso para soñar.



